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CristianHistorietilla de nivel cutre sin mucho sentido.
Se llamaba Cristian, pero si le hubiese preguntado a cualquier tío de la planta de depuración Sebastián Márquez por un tal Cristian, lo más probable es que cualquiera de los peones me respondiese que no les sonaba ningún tío con ese nombre. La plantilla de la depuradora la formaban unos treinta tipos, todos ello hombres. El director, tres supervisores de sección, cuatro administrativos, dos biólogos, tres técnicos de maquina y el resto de obreros llanos.
Era el segundo año de trabajo en la planta para Cris, el sexto en edad laboral y el tercero en ejercerlo. Durante el año dos mil solo recibí una llamada suya, desde un teléfono publico y bastante tarde. Aquel día me había quedado en casa preparándome las oposiciones como las veinte noches antes y las que serían veinte siguientes. Para colmo Maria José había llamado esa tarde cantándome las cuarenta por mi falta de consideración al no haberla llamado yo mismo (la exnovia furiosa strikes back). Eran las cuatro de la mañana y el teléfono sonó. Hablaba bastante tenso y confuso, al parecer triste también, pero cuando los verdes me preguntaron no pude darles mas detalle que eso. En el momento en que descolgué solo oí mi nombre, nada de hola ni nada de nada, lo reconocí al instante, casi hubiera podido imaginármelo, tan serio y descontento como siempre sentado enfrente mía con el walkman en la mano.
¿Pablo qué me ha salido mal?
¿Qué? Cris. Hola, ¿qué pasa?
Si no te puedo considerar mi mejor amigo es que no he tenido ninguno.
Me quede con el auricular emitiendo un zumbido y mi respiración como único emisor. No estaba sudando ni sentía ese sabor pastoso y dulzón en la boca que suele tenerse al despertar. Estaba acojonantemente despierto. Como una puñetera rosa.
El sábado siguiente no supe muy bien si lo había soñado hasta que el vecino del B me dijo que quien era el desgraciado al que se le ocurrió llamarme ayer. Nada nuevo bajo el sol. Ese día hacía el séptimo mes sin ver a Cris, aunque por supuesto eso no lo sabía aún con precisión y solamente acontecimientos posteriores me llevaron a calcular cada milímetro de mis encuentros con Cristian. La última vez que lo vi estaba muy triste, agobiado y gris, falto absolutamente del jugo veintiañero que debería tener. Me enseño su apartamento, escueto, original y acogedor, como siempre había sido su entorno. Aquel día me dijo que tenía un amigo muy bueno en la depuradora donde trabajaba, Marco o Mario. Me alegré por él, nunca había sido un tío muy sociable, cuando tenía catorce años, caía bien los primeros momentos, pero cuando se convertía en alguien rutinario la gente empezaba a olvidarlo. Su trabajo no le convencía, pero le pagaban suficientemente bien como para tener el sitio a su gusto y poder ir al cine un par de veces en semana. Le desee suerte y le invité a visitar de nuevo nuestra Huelva para pasar el fin de semana en la casa de mis padres. Aunque en cierto modo sabía que nunca volvería a Huelva no era ningún vulgar acto de cortesía. Esa fue la última vez que lo vi con vida.
Tras la penosa llamada del sábado navideño, la siguiente y última llamada se produjo otro sábado, el siete, a las seis y cinco de la madrugada del primer fin de semana de Enero, veintiún días después. El sobresalto telefónico fue mas violento. Atravesé el ridículo pasillo hasta el teléfono y descolgué jadeante. Esta vez fui yo quien habló.
¿Si?
Pablo
Cuando oí mi nombre pense en contestarle algo tipo: "Cris, te he intentado llamar mil veces a tu casa ¿Se ha quedado Málaga sin teléfono?" Pero habló él con voz temblorosa y preocupada.
¡Anoche me levanté y cuando me levanté...!
Mi respiración se había agitado, me temblaban las manos y de nuevo tan solo me oía a mi mismo jadeando junto con el zumbido del hilo telefónico muerto como Elvis. Estaba preocupado, estaba muy preocupado. A las doce de la mañana del día siguiente llame al teléfono de Cristian, línea ocupada, como las otras cincuenta mil veces. No más de cinco minutos después, Marco de la Rosa con un par de verdes llamaron a mi puerta para contarme lo de mi querido Cristian. Estaba muerto.
El viernes cinco de Enero El Hombre había insistido en el piso de Cris sin respuesta y llamado a los verdes. Cris estaba tumbado boca arriba en su cama, desnudo. Tenía una expresión sería y rígida en la cara, cuando el supervisor bacteriológico de la planta lo vio solo llevaba dos días muerto, no hedía ni estaba descomponiéndose aún. Sus brazos grises acababan en dos muñones empapados en escarlata. Ni rastro de las manos. La sangre había empapado las sábanas de franela como a una esponja y un aluvión de moscas succionaban la pasta reseca, ningún corte en el torso ni en la cabeza. Se había desangrado. (10) reactiesMeld je aan bij Windows Live ID om een reactie toe te voegen (als je Hotmail, Messenger of Xbox LIVE gebruikt, heb je al een Windows Live ID). Aanmelden Heb je geen Windows Live ID? Maak er nu een aan
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