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Nowherecon respecto a yo 1994Odio, ¿verdad?. Sientes odio. Tragas tristeza y exhalas odio. No pasa mucho. Pero a veces pasa.
A veces pasan tantas cosas. Una vez vi un niño llorando en una acera, lagrimones como cataratas y un sucio chandal remendado con el escudo del Real Madrid. El niño más triste que pudiera llevar un chandal del madrid. Otro día escuche una canción que me hizo reir, estaba en inglés, y mi nivel de inglés es basura, pero me reía, resulta que estaba recordando a Ana en ese momento, que rica Ana bailotenando,tan fea, con sus ojos saltones y con sus élficas orejas, no se, esa canción me la recordó. Otro día vi a un hombre que me preguntó por la calle Espinazos, calle Espinazos, me hizo tanta gracía que me empecé a reir y le dije que si era una broma, el hombre se fue muy ofuscado, un adolescente no puede hacer ese tipo de comentarios, pues suenan directamente a contestación mal hablada. Otro día bebiendo café oí partes de la conversación de una pareja veinteañera, ella le decía que lo más bonito que le habían dicho era "Eh, tú, no te pongas al sol que te derrites, so bombon", mi incontenible risa me impidió tragar el café, el cual salio centrifugado hasta por la nariz, que bonito el amor, nunca dejaré de decirlo. En otra de mis vueltas, paseando por Angel Pine, pensando en la manera de dominar el mundo, me ví en una calle sucia y barriobajera, y enfrente mía una pared pintarrajeada: "TU VIDA ES UNA MIERDA, Y LO SABES", una sonrisa se me cruzó en la cara, claro que era una mierda, claro que lo sabía, por suerte siempre puedes hacerlo todo un poquito mejor. Ese pintarrajeador era un auténtico filósofo, o por lo menos se había dignado en emularlo. Una vez, acariciando su carita de angel sin alas tuve la impresión de que aunque la guerra bactereológica estallase, me sería indiferente mientras tuviera su cara y su alma entre mis dedos. Y entonces es como si todo hubiese acabado, como si el agua supiese a Fanta y el dinero valiese nada. Tanta belleza. Escondida por todas partes como un puzle poco atrayente.
Ahora, no exhalas odio, ¿verdad?. Es dificil hacerlo cuando hay tanto en que embellecer nuestra absurda e insignificante existencia. Dob Steinmetz-Entonces... ¿si me voy ahora no podré volver nunca nunca nunca?-Dijo Mik -Nunca-Contestole El Sabio. -¿Por qué es todo tan rollo siempre?-Preguntó -No existe ni el todo ni el siempre. Si esto no fuese rollo el resto no sería genial-contestole El Sabio. -Genial...-Repitió entristecidamente Mik. -Genial como una película en blanco y negro, genial como una tarde de lluvia, genial como un beso de alguien que amas. -¿No vamos a volver a vernos, no? -¿No, dices?-Dijo El Sabio anciano- Claro que sí, nos veremos en nuestros sueños.
Y maestro y aprendiz se separaron para nunca volver a verse en este nuestro único mundo. Humanoide, dos puntos.
En un acomodado piso, un moderno equipo estero 5.1 Philips continua reproduciendo el cuarto y último disco de Chillout. En un volumen ínfimo pero excelente para la situación actual, en la que los dos individuos de la estancia tienen necesidad de dejar el melódico Chillout como telón de fondo. La dama despojada de sus vestiduras se atavió con un simple batín de seda cubriendo su tersa piel. Sinuosa cual reptil depredador, deslizose por la estancia principal en penumbras. Al llegar a la cocina preparo una aspirina efervescente y trago con desagrado el producto, volvió al dormitorio y vio al muchacho de cabello y ojos castaños mirándola desde la orilla de la cama envuelto en un confuso conjunto de sombras y luces que se proyectaban desde la ventana principal del dormitorio. Esta a su vez daba a una larga fachada que dejaba treinta metros bajo la ventana. La joven de pelo lacio se apoyó en el marco izquierdo de madera de caoba de la puerta del dormitorio. El hombre se levanto produciendo una serie de agradables sonidos de tela y sus pies descalzos deslizándose por la alfombra. Aterrizaron el uno en los brazos del otro, palpando la piel caliente y seca. En la vida humana existen ciertas incoherencias producidas por la evolución y el abandono de la conducta propiamente animal. Las caras de ambos no restaban más de quince centímetros, se miraban los ojos y los labios calculando el momento ideal para rozarse. Diez minutos después estaban fundidos en una sensación mutua, lejana a cualquier calificativo coherente. Sintiendo un torbellino de emociones efímeras que abrirían un paréntesis igualmente escaso para cerrarlo en breve aportando la esencia de lo "natural". En la calle una sirena de ambulancia palpita al estilo Neoyorkino, en el hospital Juan Ramón Jiménez nace un bebe al que llaman Pablo, Dios está en los cielos y Billy ve la tele. ÉLSe despertó en el escritorio. La inspiración le vino como suele venírsele cuando lleva tres días encerrado malhumorado y solo en su habitación de veinte metros cuadrados. De repente, mientras pensaba en el verano del noventa y seis cuando tumbó y durmió junto a la francesita bajo el cocotero del patio del Hotel Oasis de Lima. Cogió las gafas de media luna, las incrustó en el puente y comenzó a teclear. Alicia era como uno de esos diamantes en bruto a la que todos, incluso ella misma, solo toman en cuenta por su apariencia. Cual descripción de Alicia quedaría obsoleta al verla en si misma. Por lo que su figura, de melena morena y ojos oscuros solo podría imaginarse desde un espectador como el estado de belleza más puro que cada corazón pudiera interpretar. Sonrió ligeramente bajo el mechón de flequillo que se había aventurado en su cara. Que conector tan ocurrente pensar en la francesita. Se llamaba Lenna, pero él siempre la había llamado Giulienne, que era su apellido, se nom. Cuando el tiempo se paraba en soledad, huía a su propia mente, a momentos mejores o simplemente más tranquilos, donde él había visto la belleza, donde no necesitaba inventarla y reinventarla para sus novelas de 3'95 en edición de bolsillo. Era ahí donde nacía su escriba y era ahí donde moría. Por ello era preciso buscarlo en el interior de su humanidad cada vez que la tristeza lo hacía necesario.
CristianHistorietilla de nivel cutre sin mucho sentido.
Se llamaba Cristian, pero si le hubiese preguntado a cualquier tío de la planta de depuración Sebastián Márquez por un tal Cristian, lo más probable es que cualquiera de los peones me respondiese que no les sonaba ningún tío con ese nombre. La plantilla de la depuradora la formaban unos treinta tipos, todos ello hombres. El director, tres supervisores de sección, cuatro administrativos, dos biólogos, tres técnicos de maquina y el resto de obreros llanos.
Era el segundo año de trabajo en la planta para Cris, el sexto en edad laboral y el tercero en ejercerlo. Durante el año dos mil solo recibí una llamada suya, desde un teléfono publico y bastante tarde. Aquel día me había quedado en casa preparándome las oposiciones como las veinte noches antes y las que serían veinte siguientes. Para colmo Maria José había llamado esa tarde cantándome las cuarenta por mi falta de consideración al no haberla llamado yo mismo (la exnovia furiosa strikes back). Eran las cuatro de la mañana y el teléfono sonó. Hablaba bastante tenso y confuso, al parecer triste también, pero cuando los verdes me preguntaron no pude darles mas detalle que eso. En el momento en que descolgué solo oí mi nombre, nada de hola ni nada de nada, lo reconocí al instante, casi hubiera podido imaginármelo, tan serio y descontento como siempre sentado enfrente mía con el walkman en la mano.
¿Pablo qué me ha salido mal?
¿Qué? Cris. Hola, ¿qué pasa?
Si no te puedo considerar mi mejor amigo es que no he tenido ninguno.
Me quede con el auricular emitiendo un zumbido y mi respiración como único emisor. No estaba sudando ni sentía ese sabor pastoso y dulzón en la boca que suele tenerse al despertar. Estaba acojonantemente despierto. Como una puñetera rosa.
El sábado siguiente no supe muy bien si lo había soñado hasta que el vecino del B me dijo que quien era el desgraciado al que se le ocurrió llamarme ayer. Nada nuevo bajo el sol. Ese día hacía el séptimo mes sin ver a Cris, aunque por supuesto eso no lo sabía aún con precisión y solamente acontecimientos posteriores me llevaron a calcular cada milímetro de mis encuentros con Cristian. La última vez que lo vi estaba muy triste, agobiado y gris, falto absolutamente del jugo veintiañero que debería tener. Me enseño su apartamento, escueto, original y acogedor, como siempre había sido su entorno. Aquel día me dijo que tenía un amigo muy bueno en la depuradora donde trabajaba, Marco o Mario. Me alegré por él, nunca había sido un tío muy sociable, cuando tenía catorce años, caía bien los primeros momentos, pero cuando se convertía en alguien rutinario la gente empezaba a olvidarlo. Su trabajo no le convencía, pero le pagaban suficientemente bien como para tener el sitio a su gusto y poder ir al cine un par de veces en semana. Le desee suerte y le invité a visitar de nuevo nuestra Huelva para pasar el fin de semana en la casa de mis padres. Aunque en cierto modo sabía que nunca volvería a Huelva no era ningún vulgar acto de cortesía. Esa fue la última vez que lo vi con vida.
Tras la penosa llamada del sábado navideño, la siguiente y última llamada se produjo otro sábado, el siete, a las seis y cinco de la madrugada del primer fin de semana de Enero, veintiún días después. El sobresalto telefónico fue mas violento. Atravesé el ridículo pasillo hasta el teléfono y descolgué jadeante. Esta vez fui yo quien habló.
¿Si?
Pablo
Cuando oí mi nombre pense en contestarle algo tipo: "Cris, te he intentado llamar mil veces a tu casa ¿Se ha quedado Málaga sin teléfono?" Pero habló él con voz temblorosa y preocupada.
¡Anoche me levanté y cuando me levanté...!
Mi respiración se había agitado, me temblaban las manos y de nuevo tan solo me oía a mi mismo jadeando junto con el zumbido del hilo telefónico muerto como Elvis. Estaba preocupado, estaba muy preocupado. A las doce de la mañana del día siguiente llame al teléfono de Cristian, línea ocupada, como las otras cincuenta mil veces. No más de cinco minutos después, Marco de la Rosa con un par de verdes llamaron a mi puerta para contarme lo de mi querido Cristian. Estaba muerto.
El viernes cinco de Enero El Hombre había insistido en el piso de Cris sin respuesta y llamado a los verdes. Cris estaba tumbado boca arriba en su cama, desnudo. Tenía una expresión sería y rígida en la cara, cuando el supervisor bacteriológico de la planta lo vio solo llevaba dos días muerto, no hedía ni estaba descomponiéndose aún. Sus brazos grises acababan en dos muñones empapados en escarlata. Ni rastro de las manos. La sangre había empapado las sábanas de franela como a una esponja y un aluvión de moscas succionaban la pasta reseca, ningún corte en el torso ni en la cabeza. Se había desangrado. |
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